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CARCEL INOFENSIVA

«Y decía Jesús a los judíos que le habían creído: Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os libertará. Y respondiéronle: Simiente de Abraham somos, y jamás servimos a nadie: ¿cómo dices tú: Seréis libres? Jesús les respondió: De cierto, de cierto os digo, que todo aquel que hace pecado, es siervo de pecado. Y el siervo no queda en casa para siempre: el hijo queda para siempre. Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres.» Jn.8:31-36.

No todo lo que parece temible lo es realmente, y hay cosas que, sin apariencia de mal, causan verdaderos desastres. Los hombres de visión profunda saben descubrir el peligro aunque esté disfrazado; pero los otros, los simples, caen muchas veces en la trampa escondida por huirle al aparente peligro.
Tanto amamos la libertad, que sin ella la vida valdría poco. Todos esquivamos la cárcel; a nadie le gustaría ser encerrado en ella, y los que lo están, esperan con ansias el momento de ver una puerta abierta que les conduzca a la libertad; pero lo que muchos ignoran, la que pocos rehuyen, la que a simple vista no se advierte, pero es mucho más agobiante que una cárcel, es la prisión oscura del pecado. Aquéllas encadenan el cuerpo, éstas el alma. Aquéllas esperan a que los hombres entren, éstas entran en los hombres y van con ellos a todas partes.
Los judíos a quienes hablaba Jesús no estaban encerrados entre paredes, pero los que no aceptaron la verdad libertadora permanecieron en cadenas de error.
Esaú creyó ventajosa la venta de su primogenitura, pero después ni con lágrimas pudo librarse de la amarga servidumbre.
Judas quiso evadir la persecución uniéndose a los perseguidores, y así cayó en prisiones eternas, como sucede a todos los que, por no sufrir las pruebas, traicionan la verdad.
Los cristianos fieles tienen presente estas palabras de la Biblia:

«Y también todos los que quieren vivir píamente en Cristo Jesús, padecerán persecución.» 2Tim.3:12.

Es necesario escoger entre prisiones materiales y prisiones espirituales; pero recordemos a Jeremías en la mazmorra, a los jóvenes hebreos en el horno de fuego, a Daniel en el foso de los leones, a Pedro encarcelado por Herodes, a Pablo y Silas en la cárcel de Filipos... Todos fueron libertados de sus prisiones y mantuvieron la libertad de Dios en sus corazones. El apóstol Juan fue desterrado a la isla de Patmos para que no pudiera seguir predicando el evangelio, pero allí la voz de Dios, por medio de Juan, predicó con más potencia hacia todas partes y hacia todos los tiempos, de tal manera que todavía hoy Juan nos está predicando.
Es triste saber que un siervo de Dios está preso por la causa de Cristo, pero más triste sería saber que un siervo de Dios dejó de serlo para evitar la persecución, convirtiéndose así en siervo del pecado. Si a tal condición me vieran descender, digno sería entonces de compasión; lloren, lamenten, clamen por mí con grandes gemidos en ese caso: pero si al contrario, puedo ser fiel al lado de Dios hasta el fin, no me lloren; aunque se agraven mis prisiones más y más, aunque definitivamente me encierren en la tumba, no lamenten por mí, antes glorifiquen a Dios, canten alabanzas y den gracias por esa bienaventuranza, porque para los que tienen la libertad de Dios en el corazón, la más profunda de las prisiones de la tierra no es más que una CARCEL INOFENSIVA.

Mayordomo B. Luis, UMAP, Junio de 1966